martes, 5 de julio de 2011

El deseo de Nurgle




El viento helado, pasaba acariciando los cuerpos de los curtidos bárbaros que estaban sentados al rededor de una fogata, en el campamento no sabían que iba a pasar en las siguientes horas y tampoco que hacían ahí. Un paladín de Nurgle que no era su señor, les había hecho ir hacia allí, no se fiaban mucho, pero les había prometido una gran batalla y la atención de algún dios oscuro.


Después de unas horas un gran guerrero del caos, que parecía ser un hombre de Nurgle se acercó hacia la fogata, nadie conocía a ese guerrero, pero no parecía ser muy tratable. Habló con una voz gutural, con algo de tono ronco, informando de que partirían pronto, nadie sabía a donde, por lo que un bárbaro preguntó interesadamente. El paladín, no aceptó esa insubordinación, ni esa desconfianza y con un movimiento rápido levantó el hacha y la clavó en el cuerpo del hombre, penetró como si fuese un cuerpo blando y no solidó. Tras esta interrupción todo el mundo obedeció.

El grupo se dirigía hacia la ciudad de Wolfenburgo en Ostland, según iban acercándose a territorio del Imperio, muchos bárbaros de tribus cercanas a la frontera se unían a la horda, dicho ejercito aunque parecía numeroso, no contaba con muchos soldados de calidad, la mayoría eran bárbaros con mucha fuerza bruta, pero sin técnica de combate alguna.
Khasrhak no se encontraba a gusto y confiado para ejecutar a la perfección la misión que le había encomendado el dios Nurgle, pero sabía que su dios no le iba a dejar solo y en el último momento le daría apoyo.

Según se iban adentrando en el Bosque de las Sombras, los bárbaros no se sentían muy a gusto, no tenían miedo a encontrarse con una patrulla del Imperio, pero si contra bestias extrañas con las que sufrirían alguna baja, aun así la presencia de un gran número de guerreros del caos bien equipados, les daba algo de confianza. Lo que no entendían algunos, era como el paladín, no había traído consigo un hechicero, ya que sería de gran ayuda en el campo de batalla, sino querían ser destrozados con facilidad, por algún hechizo de algún mago imperial.
...

Después de que el capitán Aldem se percatara de que el bosque estaba intranquilo cogió y se mojó las manos en el riachuelo al que tenía debajo de sus pies. Comunicó a sus hombres de que había que subir hasta la colina que tenían en frente, para ver si las suposiciones del capitán eran ciertas y observar todo el bosque desde una posición aventajada. 
Cuando llegaron el capitán y su segundo Marlon, tuvieron que aguantarse su cara de sorpresa, ya que una cosa cotidiana era ver hombres bestia por el bosque, orcos o incluso trolls, pero nunca guerreros del caos, sobretodo después de que los echaran a todos después de vencer a Archaon hacía años.

Pero esto no les detuvo mucho tiempo, bajaron a toda prisa por la ladera, campo a través, intentando no hacer mucho ruido, aunque era difícil no espantar aves y ciervos, que estuviesen por ahí en un estado de tranquilidad absoluta. Hasta que un grupo de humanos alborotaran esa parte del bosque.

Llegados a un punto bien situado, el batallón, compuesto por cincuenta arcabuceros y 30 espadachines, se dividió, los arcabuceros se pusieron en el frente del camino y los espadachines en un lateral para sorprender al ejército desde atrás. Muchos de ellos estaban nerviosos, otros ansiosos, la mayoría confiaba mucho en su estrategia y determinación, pese a ser menos en número, su capitán era sabio y les cuidaría una vez empezase el intercambio de golpes y los arcabuces soltaran ráfagas de fuego.

...

Khasrhak caminaba al frente de su pequeño ejército, por una senda bastante tranquila y ancha, rodeada de árboles y alguna colina que otra. Estaba muy aburrido e impaciente, quería llegar ya a la ciudad para destruir a esos humanos debiluchos. Su ejército estaba compuesto por unos cien bárbaros y unos veinticinco guerreros del caos, un número bastante escaso para invadir una ciudad entera, pero confiaba en que en el momento de la verdad Nurgle, les diera poderes especiales. Para que cada uno de sus hombres contase como cien hombres.

Después de un silencio y unos ruidos de pájaros que salían volando de los árboles como espantados, detuvo a todos sus hombres y contempló los matorrales que tenía en frente, donde la curva del camino, parecía un buen sitio para posicionar tiradores, pero él estaba seguro de que por esa zona no tendría ningún contacto con tropas imperiales.
Se equivocó, según mandó caminar de nuevo y bajó el brazo para dar la orden, una lluvia de cincuenta disparos abrasadores impactaron en las duras armaduras de los primeros guerreros del caos. Pese a no morir muchos de ellos, no podían levantarse por si mismos, debido a que la armadura de placas era demasiado pesada para incorporarse fácilmente. 
Una segunda oleada de disparos, acribilló a los bárbaros que se habían puesto delante, para parapetar a sus hermanos caídos. Estos cayeron con más facilidad y se levantaron pocos. De la nada salió entre escudos y bárbaros, el paladín de Nurgle, enojado por esta emboscada injusta, hecha a traición. Él quería enfrentarse con esos perros cara a cara, quería que tuviesen miedo al verle cerca. 
El gran paladín salió corriendo hacia los árboles y un numeroso grupo de bárbaros le siguieron, los otros no sabían que hacer, pero no tuvieron espacio para pensar, debido a que un grupo de espadachines imperiales les destrozó por la retaguardia. Pocos pudieron hacerles frente a la carga, los únicos que aguantaban fieramente a la carga, fueron los guerreros del caos heridos que se habían quedado allí. 

El segundo del capitán Aldem, mandó disparar la última ondanada de proyectiles y como vio que se les echaban encima, desenfundó al igual que sus arcabuceros, que cargaron juntos. Sabían que tenían que evitar que sobreviviese algún bárbaro para que no volviese el caos a sus tierras, ya que eran conscientes de lo mucho que les había costado expulsarlos.

Pasada media hora, el combate ya llegaba a menos y quedaban pocos en pie de ambos bandos, Aldem miraba hacia el fondo, intentando localizar a Marlom para ordenar una retirada estratégica, pero solo veía cuerpos y cuerpos tendidos en el suelo, de vez en cuando algún combate aislado.
Los espadachines habían destrozado toda la retaguardia de los bárbaros, pero aun quedaban cinco guerreros del caos, llenos de sangre por todas partes, que aguantaban las embestidas de los doce espadachines y su capitán.

Su cuerpo estaba fatigado, su uniforme desgarrado por varias partes, su peto arañado, lleno de sangre, con el latir de su corazón rápido, casi sin poder respirar. Esa era la imagen de Aldem después de haber acabado con esos cinco guerreros del caos que aun habían aguantado en esa parte del campo de batalla. Cuando vio que se acercaba el único superviviente de la otra parte del combate se desmoralizó.
Un hombre enorme, con una armadura que le quedaba algo pequeña, su cuerpo y su armadura tenían un tono verdusco y su piel parecía enfermiza, su casco tenia un pincho en la frente, signo de Nurgle. El paladín llevaba consigo una cabeza recién separada de su cuerpo, la levantó, luego se la lanzó con fuerza a un cansado y debilitado capitán que el agarró y calló con ella. Al verla su locura empezó, su miedo se hacía cada vez más grande y balbuceaba: “voy a morir”- todo el rato. La cabeza que le había tirado el paladín era la de Marlom.

El paladín miró hacia los cuatro supervivientes, les observó con desagrado, se quitó el casco y una decrepita cara fue mostrada, deforme y llena de trozos de piel caídos, como si de un leproso se tratase. Horrorizados los espadachines lo miraron y escucharon con atención lo que les dijo: “Este es el poder del Caos, no podéis hacer nada para evitarlo, así que solo os queda morir o uniros”.
Después de esta frase Aldem se levanto emocionado y le dijo apuntándole con su espada: “Pues obviamente queremos morir y si podemos llevarte con nosotros ante nuestro dios Signar, para que te juzgue por todos tus pecados, lo intentaremos”- dicho esto cargaron los cuatro hacia el paladín.

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