viernes, 24 de junio de 2011

La mano de la oscuridad



El silencio se apoderó de toda la calle, cuando un rufián disparó a través de la gente, intentando dar a un joven que corría sorteando a los peatones. Todo el mundo se tiró al suelo, dos guardias que estaban ahí, cargaron sus rifles apuntando al rufián y sus acompañantes, estos huyeron pero no antes de que los guardias abrieran fuego y mataran a uno de ellos.

El chiquillo que corría frenéticamente sin mirar atrás, era Albricht un pequeño ladronzuelo de la zona, que tenía su guarida situada en una buhardilla de la zona más céntrica de la ciudad. Cuando abrió la puerta y entró se encontró con una sorpresita, un hombre de gran envergadura cerró la puerta de un portazo y le he empujó al centro de la oscura sala. 
Una voz se le dirigió desde la oscuridad, se podía diferenciar la figura de aquel varón entre las sombras, pero la escasa luz que había impedía que el chico pudiese ver su rostro.

Una vieja, había vendido la información de donde vivía el chico al grupo de rufianes que le perseguía antes, estaban obsesionados con encontrarle y matarle. Sino caerían en deshonra ante todo el gremio de ladrones de la ciudad y no podían permitir que un chiquillo se saliese con la suya.
Subiendo las escaleras de madera, todo chirriaba, planta a planta iban registrando todas las habitaciones de la casa.

La cara del hombre que estaba entre las sombras seguía sin delatarse, el hombre le instigó a que le acompañase, sino moriría ese mismo día, pero el chico no sabía que querían de él, aunque tenía miedo no estaba seguro si era la mejor acción. Después de oírse las pisadas de los rufianes que subían por las escaleras, el chico se asustó aun más, el corazón no paraba de latirle a una velocidad inusual para un chico de calle que estaba acostumbrado a ese tipo de estrés a diario. 
El hombre le dio la última oportunidad y Albricht aceptó rápidamente, entonces el hombre enorme que custodiaba la puerta salió de la habitación. Al rato se oyó un gran estruendo, suponía que era un disparo, pero todo había quedado en silencio. El hombre que seguía en la buhardilla se movió hacia el chiquillo y le cogió del hombro, su movimiento fue rápido y Albricht no pudo ver la cara.

Al bajar las escaleras el chico tuvo que sortear un cadáver, reconoció la cara, era uno de los rufianes que le perseguían antes en la calle, el resto habrían huido como gallinas al ver morir a un camarada. Albricht fue conducido a la calle y metido en un carro, no se le volvió a ver.

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